De nombres y política

Escribo estas consideraciones con la rabia misma de tener que hacerlo y de alguna manera justificar mi terminología, que es la mía, y la convicción de que tales explicaciones solo son necesarias por la ambición y desahogo de unos políticos/politizados más preocupados de las prebendas personales y los espacios de poder que de la verdadera cultura de sus pueblos y la defensa de lo esencial y unos seguidores más preocupados por el seguidismo, el medraje o el fanatismo que por la razón última. Es imposible no ofender a aquellos que hacen de la ofensa la razón íntima y última de su discurso. 

Me es indiferente hablar de Euskadi o del País Vasco, de Catalunya o de Cataluña, de Galiza, de donde soy y me siento, o de Galicia, de Orense -de oro en castellano- o de Ourense -de oro en gallego- o de Auriense -de oro en latín- ya que nos ponemos. No se si el origen de los nombres que utilizo es íbero o franquista, se que es el nombre que con más fluidez me brota y con mayor comodidad utilizo. Ninguno de ellos me ofende ni con ninguno pretendo ofender y lo más que estoy dispuesto a cuidar es evitar que se cuelen traducciones ridículas o castellanizaciones forzadas por cuestiones ideológicas de los nombres originales de pueblos y regiones. Si en algún momento alguien me llama razonada y no políticamente la atención sobre alguno no tendré ningún inconveniente en corregir mi léxico y en esforzarme en incorporar esa corrección a mi día a día. Nunca he considerado llamar Munchen a Munich ni Genève a Ginebra. Nunca he considerado que tal forma de denominarlas esté ligada a ningún tipo de menosprecio a sus habitantes si no a la forma en que desde pequeño estoy acostumbrado a hacerlo. Y por ello hablo de País Vasco, Cataluña, Galícia y Orense, desde que yo recuerdo y hace de eso casi sesenta años.

He procurado en todo momento respetar los nombres originales de los platos que aquí se recogen y dar su traducción. Creo que es lo correcto y así lo hago, por eso no llamo habada a la fabada, ni pote al caldo, ni picadita a la picaeta, ni cachelo a la pataca o patata. 

Lo importante, lo esencial, al menos para mí, es preservar la memoria de las cosas que se nombran, su esencia que es al fin y al cabo el fin último de los nombres. Lo otro, los desencuentros, las ofensas, las rabias y descalificaciones, quédense para políticos y acólitos.

Rafaél López Villar

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Nombre de la receta, zona y pueblo.

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